Lejos, muy lejos, se veía una ciudad tan lejos que dudaba haberla pisado jamás.
Una chica alta y grande como un arco.
Una voz cortante como un sable.
La noción de tiempo desapareció de mi existencia para dejar su sitio a la eternidad del suplicio.
Trombas de números con comas y decimales se abalanzaban incesantemente sobre mí. Se mutaban en mi cerebro formando un magma opaco y no podía diferenciarlos unos de otros.
La tranquila y pitagoriana belleza de las cifras.
Qué hermosa es la gloria. Es una trompeta tocada por ángeles en mi honor.
Es una gran cosa saber cuándo se va a morir. Uno puede organizarse y convertir su último día en una obra de arte.
Si existe el analfabetismo, también debería existir el anaritmetismo.
No sabemos lo que es un excéntrico hasta que conocemos a un excéntrico japonés.
Japón es un país que sabe lo que significa "volverse loco".
Todas las bellezas emocionan, pero la belleza japonesa resulta todavía más desgarradora. En primer lugar porque esa tez de lis, esos ojos suaves, esa nariz de aletas inimitables, esos labios de contornos tan dibujados, esa complicada dulzura de los rasgos ya bastan para eclipsar los rostros más logrados. En segundo lugar, porque sus modales las estilizan y las convierten en una obra de arte que va más allá de lo racional. Y, por último —y sobre todo—, porque una belleza que ha sobrevivido a tantos corsés físicos y mentales, a tantas coacciones, abusos, absurdas prohibiciones, dogmas, asfixia, desolación, sadismo, conspiración de silencio y humillaciones, una belleza así constituye un milagro de heroísmo.
Nada que dure menos de diez mil años tiene valor alguno.
En Japón el suicidio constituye un acto de gran honor.
Hemos observado que los humanos en general y las mujeres en particular tienen dificultades para vivir durante mucho tiempo sin cometer alguno de esos pecados relacionados con los placeres carnales.
Vale más evitar el placer porque hace sudar. Y no existe nada más vergonzoso que el sudor. Si comes a grandes bocados tu tazón se pasta hirviendo, si te entregas al frenesí del sexo, si pasas el invierno dormitando junto a la estufa, sudarás. Y ya nadie podrá dudar de tu vulgaridad.
Entre el suicidio y la transpiración, no lo dudes. Derramar tu sangre es tan admirable como innombrable resulta derramar tu sudor.
Para un japonés, nunca se trabaja demasiado.
Eres un arco demasiado grande para tan lamentables arqueros.
Era un obeso colérico, y eso recargaba su voz con desechos de grasiento furor.
La mayoría de las veces, el honor consiste en ser idiota. ¿Y acaso no vale más comportarse como un imbécil que deshonrarse?
A menudo, las actitudes más incomprensibles de una vida tienen su origen en un deslumbramiento de juventud.
Toda existencia conoce su día de traumatismo primario, que divide esta vida en un antes y un después y cuyo recuerdo, incluso furtivo, basta para paralizarte de un terror irracional, animal e incurable.
Estallé en un llanto analfabeto.
Cuando uno desempeña un trabajo tan poco lucido, el único modo de preservar su honor consiste en callarse. Si una limpiadora de retretes se dedica a hablar por los codos, uno tiende a pensar que se siente cómoda con su trabajo, que ése es el lugar que le corresponde ya que la satisface hasta el extremo de inspirarle el deseo de emular a las cotorras. Si permanece en silencio, en cambio, significa que vive su trabajo como una mortificación monacal.
Su silencio es la expresión de su consternación.
Los lavabos se levantan, orgullosamente, hacia el cielo, encaramados a cañerías en erección.
Es típico de seres que ejercen oficios lamentables construirse lo que Nietzsche denominaba "otro mundo", un paraíso terrenal o celeste en el que se empeñan en creer para consolarse de lo infecto de su condición. Cuanto más vil es su trabajo, más hermoso es su edén mental.
En Japón la existencia es la empresa.
Desde tiempos inmemoriales, los humildes han dedicado sus vidas a realidades que los superan: en otros tiempos, podían por lo menos entrever alguna causa mística en semejante estropicio. Ahora, ya no pueden ilusionarse. Entregan su existencia a cambio de nada.
Japón es el país con la mayor tasa de suicidios. Personalmente, lo que me sorprende es que no sea todavía más frecuente.
El sueño que te aspira como el desagüe de un lavabo que se vacía.
Su rostro de japonesa bien educada permaneció inmóvil e inexpresivo, y tuve que observarlo con un sismógrafo para detectar la ligera crispación de sus mandíbulas provocada por mi respuesta.
Lo dijo de ese modo nipón y fantástico que consiste en confirmar la existencia de una persona pronunciando su nombre en el aire.
No hables demasiado mal de ti mismo: podrían creerte.
Mientras existieran ventanas, el más débil de los humanos tendría su parte de libertad.
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