lunes, 25 de junio de 2007

Ramón J. Sénder: RÉQUIEM POR UN CAMPESINO ESPAÑOL

Era viejo, y estaba llegando a esa edad en la que la sal ha perdido su sabor.

¡Qué cosa es la vida! Hasta que nació ese crío, yo era sólo el hijo de mi padre. Ahora soy, además, el padre de mi hijo.

Todos habían mirado al niño aquella mañana, sobre todo el padre, felices, pero con cierta turbiedad en la expresión. Nada más misterioso que un recién nacido.

Los chicos y los animales quieren a quien los quiere.

Le preguntó si había estado en la casa de Dios.
- Mire, Mosén Millán. Si aquello es la casa de Dios, yo no merezco estar allí, y si no lo es, ¿para qué?

Los curas son las únicas personas a quienes todo el mundo llama padre, menos sus hijos, que los llaman tíos.

- Hablas de bajar la cabeza. ¿Quién va a bajar la cabeza? Sólo la bajan los cabestros.
- Y los hombres honrados cuando hay una ley.

Lo que hicieron los hombres, los hombres lo deshacen.

Si el cántaro da en la piedra, o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro.

Sin risa y sin llanto la vida podía ser horrible como una pesadilla.

viernes, 8 de junio de 2007

Carmen Martín Gaite: NUBOSIDAD VARIABLE

La voz le salía de ese recinto del alma que tienen tan amurallado las personas acostumbradas a fingir y a defenderse.

Siempre me ha gustado tumbarme mirando al techo, es mi preparación para soñar, para calmarme o para decidir cualquier cosa. Y cuanto más espacio medie entre los ojos y la tapia contra la que se estrellan, más libre es el viaje del pensamiento, más sorpresas puede dar.

Recobrar siempre ha sido más excitante que cobrar, aunque también más propenso a espejismos.

Crecer es empezar a separarse de los demás, reconocer esa distancia y aceptarla.

Solamente prestamos atención a lo que ya vivimos o a lo que esperamos vivir; a lo que nos está pasando casi nunca le hacemos caso, contamos con ello como algo normal.

Todavía recuerdo el beso que me dio antes de levantarse y salir corriendo, como alma que lleva el diablo. Un beso de fuego líquido, de los que dejan cicatriz.

Era lo único que quería: salir volando por la ventana a surcar el cielo de mayo, antes de que se borrara el recado de las nubes.

Ser amigo de alguien es desearle que vuele.

Tampoco el prisionero puede olvidar los barrotes de la cárcel.

- El alma humana se parece a las nubes. No hay quien la coja quieta en la misma postura.
- Pues si ya los sabe, déjela a su aire y no se ande inventando cepos para cazarla.

Prefiero el presente al condicional.

Recuerda que no hay una sola verdad, sino muchas. Que cada instante está plagado de átomos que lo refractan en mil sensaciones posibles.

Los ángeles del aire me abanican de verdad, me rozan los labios con sus alas, me despeinan.

Es demasiado cansado pasarse la vida plantándole cara a la soledad. ¿No resultaría más sensato poder pactar con ella?

No se engañe nadie, no pensando que ha durar lo que espera más que duró lo que vio.

Es difícil salirse del tumor del pasado dejando indemne el tejido del presente, tan delicado y frágil como un pétalo.

¿Quién ennegreció el oro? ¿Por qué el oro fino perdió su brillo?

Las bromas verbales de la primera edad son el último texto que se borra del cerebro, incluso cuando ya todos los textos se confunden y enmarañan.

El roce de otro te calma y disipa las nieblas que rodeaban tu existencia, te parece que vas a donde sea pero en compañía y por buen camino.

A veces uno solo pierde la brújula.

Hay amores de novela y amores para casarse.

A veces la madeja no la puede desenredar más que el que la ha enredado.

A nadie se le deja de querer por sus defectos, sino porque descubres que no te interesa interpretarlos ni comprenderlos.

Decir las cosas puedes no decirlas y hasta parece que así has dejado de pensarlas, pero no, las piensas igual o más, te andan por dentro arañando, cavando surcos, y quién sabe si no dañarán al bazo o al páncreas esos surcos.

La cuestión es pasar el rato, pasarlo sin daño, que los cristales rotos de ese tiempo devastador no se te claven.

No dar pasto al desánimo.

Abandonarse al sueño o a la ensoñación es como entrar en el teatro y al salir recordar la función sólo a medias, a sabiendas de que se va a borrar si no tenemos ocasión de comentarla con alguien.

El día es un cheque en blanco.

Los recuerdos están repartidos por habitaciones que el pensamiento visita cuando se le antoja, a un ritmo imprevisible, ajeno a nuestras riendas. Pensar es ir saltando de una en otra, y a esta aventura, si os veis embarcados en ella, no le pidáis razones cronológicas. Cada habitación lleva cuatro o cinco dentro, como las cajitas chinas, con la diferencia de que de una vez para otra alguien a tus espaldas las revuelve y transfigura.

La memoria es antojadiza y no sabemos con arreglo a qué criterio selecciona como perdurables ciertos decorados, mientras que otros, que albergaron en su día escenas más significativas, son relegados al reino de las sombras.

El olor a tortitas con nata lo asocio siempre a la decoración de aquella cafetería y a la mezcal de exaltación y deleite que produce a los catorce años entrar con una amiga en un local público e intercambiar con ella confidencias a media voz, una sensación de protagonismo y de fe en la vida que jamás se volverá a repetir.

Ciertos cariños de adolescencia cumplen sencillamente una etapa, como un compás de espera para amores de mayor envergadura.

No es que yo no supiera que podía gustarle a los hombres, claro que lo sabía. Pero se trataba de una información recogida en distintas ocasiones y guardada en reserva, frente a la que todavía no había tomado partido, porque no alteraba mis proyectos ni el ritmo de mi respiración.

Una persona enamorada emitiría otro resplandor, sería capaz de calentar a los demás con su propio fuego.

Qué pena no volver a tener veintipocos años, cuando llorar por la calle te embellecía, ni siquiera tenías que comprobarlo espiándote de reojo en la luna de los escaparates, se daba por hecho, todo te embellecía, nada dejaba marca.

Dejarme alcanzar por el dardo mágico de las estrellas, que no hace blanco más que en la gente tranquila y sin agobios.

La extrañeza, ese desarraigo repentino que nos hace cortar amarras con las referencias habituales, desenfoca los perfiles del mundo y nos lleva a la deriva.

Las estancias de paso son huellas en el agua.

No basta con dar un portazo y largarse a la calle para librarse del influjo de otras vidas que inciden en la propia.

Las cartas sólo se adornan sin trabas cuando se tiene la certeza -equivocada o no- de que el destinatario va a disfrutar muchísimo con su contenido y le va a saber a poco, entonces da igual lo que se ponga, aunque sean tonterías. Y ya no lo son. Precisamente deja de ser una tontería lo que se cuanta con ganas. En eso consiste.

Suéltame la lengua, oh Noc, le pedí, pero también refrénamela, como hiciste con Sherezade, márcame a tiempo las pausas para que siempre quede algo por contar y por escuchar, mañana sigo, mañana vuelvo, amén, oh Noc, amén.

Y él dijo, deteniéndose debajo de un farol, antes de besarme: "¿No te parece que ahora es siempre?" Y fue cuando supe que aquel amor me iba a asesinar lentamente, porque no era para durar.

Queda contado lo único que puede transmitirse de una historia de amor: los preliminares. Que es donde estalla su verdadero fulgor.

Con los ojos alzados al aparente vacío.

La fantasía y la lógica tienen que ir cogidas de la mano como dos hermanas, para que el universo no se trague su barca. Siempre juntas, siempre de la mano.

La sorpresa es una liebre, y el que sale de caza nunca la verá dormir en el erial.

La vida se había remansado en el trecho que mediaba entre sus ojos y los míos, había empezado a fluir transparente y mansa, como las aguas de un río al que te puedes abandonar sin miedo.

Las cosas más insensatas parecen adquirir sentido al repasarlas.

Lo que más importa de las historias, al margen del final que vayan a tener: registrar sus preliminares.

No se pueden dulcificar las iras de nadie cuando el que lo intenta no abriga en el fondo de su corazón dulzura de ningún tipo hacia el iracundo.

No hay en el mundo cosa más absurda y aburrida que una riña matrimonial.

De nuevo la cuchillada del pasado enturbió mi capacidad para entregarme al presente y entenderlo.

Los niños saben muy bien cuándo alguien los está creyendo.

Habría que tener mil vidas y mil corazones y mil cabezas para atender cabalmente y por orden a todas las imágenes y sentimientos náufragos que nos piden asilo al mismo tiempo.

Son como dos aviones enemigos el de la quimera y el de lo cotidiano y siempre hay uno que derriba al otro.

Me resulta menos gravoso hurgar en los acontecimientos del pasado que preguntarme por las causas de lo que está ocurriendo a mi alrededor.

Las ganas de vivir siempre resucitan un poco cuando te sientes útil y con facultades para echar una mano.

Cuando se te mete en la cabeza eso, que qué pinta uno en ninguna parte ni quién, como no sea algún pelmazo, te puede echar de menos, es cuando se te quitan las ganas de vivir.

Estuve escribiendo a ratos y otros exhumando letra muerta de ese cementerio de cuitas amorosas propias y ajenas, a cuyo pie se han secado las flores de cuantos juraron no olvidar un momento único en que brotó el "para siempre".

Nunca es el sopor sino la necesidad de desahogo lo que nos echa de casa a horas intempestivas y nos lleva a buscar asilo en otra cama, a la orilla del mar o entre las cuatro paredes de una taberna.

Atender a un asunto ajeno es remedio eficacísimo contra la parálisis.

Te voy a contar lo que menos rodeo necesita, lo que sólo nos duele cuando cesa, que estoy enamorada de quien ya no me quiere.

Ya tenemos un huerto regado a medias y sólo nuestro: el de la añoranza. No me lo descuides.

Con los años uno se va pareciendo sin querer a sus padres, más todavía en los defectos que en las cosas buenas.

Los hijos no se deben engendrar para darle gusto a la madre de uno ni siquiera a la posible madre del niño, en lo que hay que pensar es en ese niño, si caes en mirar a los hijos, antes incluso de que nazcan, como fuente de satisfacción personal o terreno a colonizar y no como en seres independientes, entonces apaga y vámonos.

De todos los pozos se puede salir cuando se enciende la curiosidad por saber lo que estará pasando fuera mientras uno se hunde.

Lo peor del egoísta es que no se quiere nada a él mismo, aunque se haya venido diciendo siempre lo contrario, y es por eso incapaz de querer a los otros, porque de donde no hay no se puede sacar.

George Orwell: REBELIÓN EN LA GRANJA

Libertad significa el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír.

Antoine de Saint-Exupéry: EL PRINCIPITO

Lo esencial es invisible a los ojos.

Si uno se deja domesticar, corre el riesgo de llorar un poco.

lunes, 4 de junio de 2007

Miguel de Unamuno: LA TÍA TULA

En la vida de carne y sangre y hueso el entrañable ¡te quiero! y el más entrañable aún callárselo.

Cuando la vio gozar, sufriendo al darle su primer hijo, es cuando comprendió cómo es el amor más fuerte que la vida y que la muerte y domina la discordia de éstas; cómo el amor hace morirse a la vida y vivir la muerte; cómo él vivía ahora la muerte de su Rosa y se moría en su propia vida.

Gabriel García Márquez: EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA

El problema de la vida pública es aprender a dominar el terror, el problema de la vida conyugal es aprender a dominar el tedio.

Todo lo que hicieran desnudos era amor. Amor del alma de la cintura para arriba y amor del cuerpo de la cintura para abajo.

A la mierda abanico, que es tiempo de brisa.

Estaba contra toda razón científica que dos personas apenas conocidas, sin parentesco alguno entre si, con caracteres distintos, con culturas distintas, y hasta con sexos distintos, se vieran comprometidas de golpe a vivir juntas, a dormir en la misma cama, a compartir dos destinos que tal vez estuvieran determinados en sentidos divergentes.

El problema del matrimonio es que se acaba todas las noches después de hacer el amor, y hay que volver a reconstruirlo todas las mañanas antes del desayuno.

El que no tiene memoria se hace una de papel.

La gente que uno quiere debería morirse con todas sus cosas.

Nada se parece tanto a una persona como la forma de su muerte.

Se volvió a morder la lengua para que no se le saliera la verdad por las tantas goteras que tenía en el corazón. La lluvia no le dio una tregua de sol para pensar.

No creo en Dios, pero le tengo miedo.

El amor se hace más grande y noble en la calamidad.