jueves, 12 de julio de 2007

Miguel Delibes: LAS RATAS

Tarde o temprano, la violencia termina por volverse contra uno.

Milan Kundera: LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER

La persona que desea abandonar el lugar en donde vive, no es feliz.

El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien (este deseo se produce en relación con una cantidad innumerable de mujeres), sino en el deseo de dormir junto a alguien (este deseo se produce en relación con una única mujer).

Si el amor debe ser inolvidable, las casualidades deben volar hacia él desde el primer momento.

El que está en el extranjero vive en un espacio vacío en lo alto, encima de la tierra, sin la red protectora que le otorga su propio país, donde tiene a su familia, sus compañeros, sus amigos y puede hacerse entender fácilmente en el idioma que habla desde la infancia.

Mientras las personas son jóvenes y la composición musical de su vida está aún en sus primeros compases, pueden escribirla juntas e intercambiarse motivos, pero cuando se encuentran y son ya mayores, sus composiciones musicales están ya más o menos cerradas y cada palabra, cada objeto, significa una cosa distinta en la composición de la una y de la otra.

Quien busque el infinito, que cierre los ojos.

El campo de concentración es un mundo en el que las personas viven permanentemente juntas, de día y de noche. La crueldad y la violencia no son más que rasgos secundarios (y no imprescindibles). El campo de concentración es la liquidación total de la vida privada.

Las preguntas verdaderamente serias son aquéllas que pueden ser formuladas hasta por un niño. Sólo las preguntas más ingenuas son verdaderamente serias. Son preguntas que no tienen respuesta. Una pregunta que no tiene respuesta es una barrera que no puede atravesarse. Dicho de otro modo: precisamente las preguntas que no tienen respuesta son las que determinan las posibilidades del ser humano, son las que trazan las fronteras de la existencia del hombre.

¿Qué es la coquetería? Podría decirse que es un comportamiento que pretende poner en conocimiento de otra persona que un acercamiento sexual es posible, de tal modo que esta posibilidad no aparezca nunca como seguridad. Dicho de otro modo: la coquetería es una promesa de coito sin garantía.

No tenía nada en común con esos héroes decididos a mirar valientemente a los ojos al pelotón de fusilamiento. Lo único que quería era alejar el momento de la muerte. Sentía que en el momento en que tuviera los ojos vendados se encontraría en la antesala de la muerte, de la cual no existe camino de regreso alguno.

Así es el momento en que nace el amor: la mujer no puede resistirse a la voz que llama a su alma asustada; el hombre no puede resistirse a la mujer cuya alma es sensible a su voz.

Los amores son como los imperios: cuando desaparece la idea sobre la cual han sido construidos, perecen ellos también.

El río fluye de una edad a otra y las historias de la gente transcurren en la orilla.

El carácter único del "yo" se esconde en lo que hay de inimaginable en el hombre. Sólo somos capaces de imaginarnos lo que es igual en todas las personas, lo general. El "yo" individual es aquello que se diferencia de lo general, o sea lo que no puede ser adivinado y calculado de antemano, lo que en el otro es necesario descubrir, desvelar, conquistar.

Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse "memoria poética" y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida.

El amor empieza en el momento en que una mujer inscribe su primera palabra en nuestra memoria poética.

Los personajes no nacen como los seres humanos del cuerpo de su madre, sino de una situación, una frase, una metáfora en la que está depositada, como dentro de una nuez, una posibilidad humana fundamental que el autor cree que nadie ha descubierto aún o sobre la que nadie ha dicho aún nada esencial.

Una novela no es una confesión del autor, sino una investigación sobre lo que es la vida humana dentro de la trampa en que se ha convertido el mundo.

La vida humana acontece sólo una vez y por eso nunca podremos averiguar cuáles de nuestras decisiones fueron correctas y cuáles fueron incorrectas. En la situación dada sólo hemos podido decidir una vez y no nos ha sido dada una segunda, una tercera, una cuarta vida para comparar las distintas decisiones.

Si la excitación es el mecanismo mediante el cual se divierte nuestro Creador, el amor es, por el contrario, lo que nos pertenece sólo a nosotros y con lo que escapamos al Creador. El amor es nuestra libertad.

Amarrar el amor al sexo ha sido una de las ocurrencias más extravagantes del Creador.

La única manera de salvar el amor de la estupidez del sexo hubiese sido la de ajustar de otro modo el reloj de nuestra cabeza y excitarnos viendo una golondrina.

La pregunta es como un cuchillo que rasga el lienzo de la decoración pintada, para que podamos ver lo que se oculta tras ella.

La realidad es más que un sueño, mucho más que un sueño.

La nostalgia del Paraíso es el deseo del hombre de no ser hombre.

La luna colgando de un cielo aún no oscurecido le parecía como una lámpara que han olvidado apagar y que ha estado encendida todo el día.

Es posible que no seamos capaces de amar precisamente porque deseamos ser amados, porque queremos que el otro nos dé algo (amor), en lugar de aproximarnos a él sin exigencias y querer sólo su mera presencia.

La felicidad es el deseo de repetir.

El horror es un impacto, un momento de absoluta ceguera. El horror está desprovisto de toda huella de belleza. No vemos más que la intensa luz del acontecimiento desconocido que aguardamos. La tristeza, por el contrario, presupone que sabemos.

La luz del horror perdió intensidad y el mundo empezó a verse bajo una iluminación azulada, tierna, que hacía las cosas más bellas de lo que eran antes.

Mario Benedetti: LA VECINA ORILLA

Debe haber sido un diestro el que inventó que la izquierda era siniestra.

El confort es muelle, cada vez más muelle; ablanda, aquieta, inmoviliza. Y si a pesar de todo te movés, es para ganar más plata, a fin de conseguir más confort.

No siento (al menos, todavía) esa locura que otros me han contado que sienten. Cosas como querer estar toda la vida junto a ella, o sentir una opresión en el pecho (al punto que a veces se parece al infarto) o venirle a uno incontenibles ganas de salir a caminar solo y bajo la luna, y si no hay luna bajo los semáforos.

lunes, 25 de junio de 2007

Ramón J. Sénder: RÉQUIEM POR UN CAMPESINO ESPAÑOL

Era viejo, y estaba llegando a esa edad en la que la sal ha perdido su sabor.

¡Qué cosa es la vida! Hasta que nació ese crío, yo era sólo el hijo de mi padre. Ahora soy, además, el padre de mi hijo.

Todos habían mirado al niño aquella mañana, sobre todo el padre, felices, pero con cierta turbiedad en la expresión. Nada más misterioso que un recién nacido.

Los chicos y los animales quieren a quien los quiere.

Le preguntó si había estado en la casa de Dios.
- Mire, Mosén Millán. Si aquello es la casa de Dios, yo no merezco estar allí, y si no lo es, ¿para qué?

Los curas son las únicas personas a quienes todo el mundo llama padre, menos sus hijos, que los llaman tíos.

- Hablas de bajar la cabeza. ¿Quién va a bajar la cabeza? Sólo la bajan los cabestros.
- Y los hombres honrados cuando hay una ley.

Lo que hicieron los hombres, los hombres lo deshacen.

Si el cántaro da en la piedra, o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro.

Sin risa y sin llanto la vida podía ser horrible como una pesadilla.

viernes, 8 de junio de 2007

Carmen Martín Gaite: NUBOSIDAD VARIABLE

La voz le salía de ese recinto del alma que tienen tan amurallado las personas acostumbradas a fingir y a defenderse.

Siempre me ha gustado tumbarme mirando al techo, es mi preparación para soñar, para calmarme o para decidir cualquier cosa. Y cuanto más espacio medie entre los ojos y la tapia contra la que se estrellan, más libre es el viaje del pensamiento, más sorpresas puede dar.

Recobrar siempre ha sido más excitante que cobrar, aunque también más propenso a espejismos.

Crecer es empezar a separarse de los demás, reconocer esa distancia y aceptarla.

Solamente prestamos atención a lo que ya vivimos o a lo que esperamos vivir; a lo que nos está pasando casi nunca le hacemos caso, contamos con ello como algo normal.

Todavía recuerdo el beso que me dio antes de levantarse y salir corriendo, como alma que lleva el diablo. Un beso de fuego líquido, de los que dejan cicatriz.

Era lo único que quería: salir volando por la ventana a surcar el cielo de mayo, antes de que se borrara el recado de las nubes.

Ser amigo de alguien es desearle que vuele.

Tampoco el prisionero puede olvidar los barrotes de la cárcel.

- El alma humana se parece a las nubes. No hay quien la coja quieta en la misma postura.
- Pues si ya los sabe, déjela a su aire y no se ande inventando cepos para cazarla.

Prefiero el presente al condicional.

Recuerda que no hay una sola verdad, sino muchas. Que cada instante está plagado de átomos que lo refractan en mil sensaciones posibles.

Los ángeles del aire me abanican de verdad, me rozan los labios con sus alas, me despeinan.

Es demasiado cansado pasarse la vida plantándole cara a la soledad. ¿No resultaría más sensato poder pactar con ella?

No se engañe nadie, no pensando que ha durar lo que espera más que duró lo que vio.

Es difícil salirse del tumor del pasado dejando indemne el tejido del presente, tan delicado y frágil como un pétalo.

¿Quién ennegreció el oro? ¿Por qué el oro fino perdió su brillo?

Las bromas verbales de la primera edad son el último texto que se borra del cerebro, incluso cuando ya todos los textos se confunden y enmarañan.

El roce de otro te calma y disipa las nieblas que rodeaban tu existencia, te parece que vas a donde sea pero en compañía y por buen camino.

A veces uno solo pierde la brújula.

Hay amores de novela y amores para casarse.

A veces la madeja no la puede desenredar más que el que la ha enredado.

A nadie se le deja de querer por sus defectos, sino porque descubres que no te interesa interpretarlos ni comprenderlos.

Decir las cosas puedes no decirlas y hasta parece que así has dejado de pensarlas, pero no, las piensas igual o más, te andan por dentro arañando, cavando surcos, y quién sabe si no dañarán al bazo o al páncreas esos surcos.

La cuestión es pasar el rato, pasarlo sin daño, que los cristales rotos de ese tiempo devastador no se te claven.

No dar pasto al desánimo.

Abandonarse al sueño o a la ensoñación es como entrar en el teatro y al salir recordar la función sólo a medias, a sabiendas de que se va a borrar si no tenemos ocasión de comentarla con alguien.

El día es un cheque en blanco.

Los recuerdos están repartidos por habitaciones que el pensamiento visita cuando se le antoja, a un ritmo imprevisible, ajeno a nuestras riendas. Pensar es ir saltando de una en otra, y a esta aventura, si os veis embarcados en ella, no le pidáis razones cronológicas. Cada habitación lleva cuatro o cinco dentro, como las cajitas chinas, con la diferencia de que de una vez para otra alguien a tus espaldas las revuelve y transfigura.

La memoria es antojadiza y no sabemos con arreglo a qué criterio selecciona como perdurables ciertos decorados, mientras que otros, que albergaron en su día escenas más significativas, son relegados al reino de las sombras.

El olor a tortitas con nata lo asocio siempre a la decoración de aquella cafetería y a la mezcal de exaltación y deleite que produce a los catorce años entrar con una amiga en un local público e intercambiar con ella confidencias a media voz, una sensación de protagonismo y de fe en la vida que jamás se volverá a repetir.

Ciertos cariños de adolescencia cumplen sencillamente una etapa, como un compás de espera para amores de mayor envergadura.

No es que yo no supiera que podía gustarle a los hombres, claro que lo sabía. Pero se trataba de una información recogida en distintas ocasiones y guardada en reserva, frente a la que todavía no había tomado partido, porque no alteraba mis proyectos ni el ritmo de mi respiración.

Una persona enamorada emitiría otro resplandor, sería capaz de calentar a los demás con su propio fuego.

Qué pena no volver a tener veintipocos años, cuando llorar por la calle te embellecía, ni siquiera tenías que comprobarlo espiándote de reojo en la luna de los escaparates, se daba por hecho, todo te embellecía, nada dejaba marca.

Dejarme alcanzar por el dardo mágico de las estrellas, que no hace blanco más que en la gente tranquila y sin agobios.

La extrañeza, ese desarraigo repentino que nos hace cortar amarras con las referencias habituales, desenfoca los perfiles del mundo y nos lleva a la deriva.

Las estancias de paso son huellas en el agua.

No basta con dar un portazo y largarse a la calle para librarse del influjo de otras vidas que inciden en la propia.

Las cartas sólo se adornan sin trabas cuando se tiene la certeza -equivocada o no- de que el destinatario va a disfrutar muchísimo con su contenido y le va a saber a poco, entonces da igual lo que se ponga, aunque sean tonterías. Y ya no lo son. Precisamente deja de ser una tontería lo que se cuanta con ganas. En eso consiste.

Suéltame la lengua, oh Noc, le pedí, pero también refrénamela, como hiciste con Sherezade, márcame a tiempo las pausas para que siempre quede algo por contar y por escuchar, mañana sigo, mañana vuelvo, amén, oh Noc, amén.

Y él dijo, deteniéndose debajo de un farol, antes de besarme: "¿No te parece que ahora es siempre?" Y fue cuando supe que aquel amor me iba a asesinar lentamente, porque no era para durar.

Queda contado lo único que puede transmitirse de una historia de amor: los preliminares. Que es donde estalla su verdadero fulgor.

Con los ojos alzados al aparente vacío.

La fantasía y la lógica tienen que ir cogidas de la mano como dos hermanas, para que el universo no se trague su barca. Siempre juntas, siempre de la mano.

La sorpresa es una liebre, y el que sale de caza nunca la verá dormir en el erial.

La vida se había remansado en el trecho que mediaba entre sus ojos y los míos, había empezado a fluir transparente y mansa, como las aguas de un río al que te puedes abandonar sin miedo.

Las cosas más insensatas parecen adquirir sentido al repasarlas.

Lo que más importa de las historias, al margen del final que vayan a tener: registrar sus preliminares.

No se pueden dulcificar las iras de nadie cuando el que lo intenta no abriga en el fondo de su corazón dulzura de ningún tipo hacia el iracundo.

No hay en el mundo cosa más absurda y aburrida que una riña matrimonial.

De nuevo la cuchillada del pasado enturbió mi capacidad para entregarme al presente y entenderlo.

Los niños saben muy bien cuándo alguien los está creyendo.

Habría que tener mil vidas y mil corazones y mil cabezas para atender cabalmente y por orden a todas las imágenes y sentimientos náufragos que nos piden asilo al mismo tiempo.

Son como dos aviones enemigos el de la quimera y el de lo cotidiano y siempre hay uno que derriba al otro.

Me resulta menos gravoso hurgar en los acontecimientos del pasado que preguntarme por las causas de lo que está ocurriendo a mi alrededor.

Las ganas de vivir siempre resucitan un poco cuando te sientes útil y con facultades para echar una mano.

Cuando se te mete en la cabeza eso, que qué pinta uno en ninguna parte ni quién, como no sea algún pelmazo, te puede echar de menos, es cuando se te quitan las ganas de vivir.

Estuve escribiendo a ratos y otros exhumando letra muerta de ese cementerio de cuitas amorosas propias y ajenas, a cuyo pie se han secado las flores de cuantos juraron no olvidar un momento único en que brotó el "para siempre".

Nunca es el sopor sino la necesidad de desahogo lo que nos echa de casa a horas intempestivas y nos lleva a buscar asilo en otra cama, a la orilla del mar o entre las cuatro paredes de una taberna.

Atender a un asunto ajeno es remedio eficacísimo contra la parálisis.

Te voy a contar lo que menos rodeo necesita, lo que sólo nos duele cuando cesa, que estoy enamorada de quien ya no me quiere.

Ya tenemos un huerto regado a medias y sólo nuestro: el de la añoranza. No me lo descuides.

Con los años uno se va pareciendo sin querer a sus padres, más todavía en los defectos que en las cosas buenas.

Los hijos no se deben engendrar para darle gusto a la madre de uno ni siquiera a la posible madre del niño, en lo que hay que pensar es en ese niño, si caes en mirar a los hijos, antes incluso de que nazcan, como fuente de satisfacción personal o terreno a colonizar y no como en seres independientes, entonces apaga y vámonos.

De todos los pozos se puede salir cuando se enciende la curiosidad por saber lo que estará pasando fuera mientras uno se hunde.

Lo peor del egoísta es que no se quiere nada a él mismo, aunque se haya venido diciendo siempre lo contrario, y es por eso incapaz de querer a los otros, porque de donde no hay no se puede sacar.

George Orwell: REBELIÓN EN LA GRANJA

Libertad significa el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír.

Antoine de Saint-Exupéry: EL PRINCIPITO

Lo esencial es invisible a los ojos. 

Si uno se deja domesticar, corre el riesgo de llorar un poco.

El tiempo que perdiste por tu rosa, hace que tu rosa sea tan importante. 

Sólo los niños saben lo que buscan. Pierden tiempo por una muñeca de trapo y la muñeca se transforma en algo muy importante, y si se les quita la muñeca, lloran...