jueves, 8 de noviembre de 2007

J. M. Coetze: LA EDAD DE HIERRO

Abrazamos para que nos abracen.

Abrazamos a nuestros hijos para ser rodeados por los brazos del futuro, para llevarnos a nosotros mismos más allá de la muerte, para ser transportados.

Los niños no pueden imaginarse lo que es morir. Ni siquiera se les pasa por la cabeza que no son inmortales.

¿Qué sentido tiene la caridad cuando no se da y se recibe de corazón?

Los huesos más preciados por los arqueólogos son los retorcidos por la enfermedad o los mellados por una flecha: huesos marcados con una historia propia de una época previa a la historia.

Para tener la mente en paz, para tener el alma en paz, necesitamos saber qué viene después de nosotros, qué presencia llena ahora las habitaciones en las que antaño nos sentíamos en casa.

La sangre es preciosa, más preciosa que el oro y los diamantes. Porque toda la sangre es una: un solo estanque de vida repartido entre nuestras existencias separadas, pero unido por la naturaleza: prestada, no dada; repartida, confiada, para que la preservemos: parece que viva en nosotros, pero solamente lo parece, porque lo cierto es que nosotros vivimos en ella.

La muerte puede ser el último gran enemigo de la escritura, pero escribir también es el enemigo de la muerte.

El hombre: la única criatura que tiene una parte de su existencia en lo desconocido, en el futuro, como una sombra proyectada delante de sí. Que todo el tiempo intenta atrapar esa sombra escurridiza, habitar en la imagen de su esperanza.

No hay ninguna mentira que no tenga un núcleo de verdad. Solamente hace falta saber escuchar.

Las cicatrices son sitios por donde el alma ha intentado marcharse y ha sido obligada a volver, ha sido encerrada, cosida dentro.

Después de haber cuidado de ti, me queda poco sitio en el corazón.

1 comentario:

una mujer blanca dijo...

¡¡¡Madre mia!!!Me ha llegado al alma ¡tengo que leer este libro! ¡¡¡Muchas gracias amigo por mostrarmelo!!!

La inmortalidad existe (sólo que no es física) es del alma. Siempre que se tenga algo importante que enseñar. Mis grandes Maestros murieron, algunos hace siglos, y sigo aprendiendo mucho de ellos.