Me vienen a la memoria los momentos compartidos. Otros los he olvidado. E invento los que me perdí.
Es una anciana con apariencia de niña. O una niña envejecida por descuido, víctima de un encantamiento.
Me gustan esas voces que tantean, que tiemblan, que titubean.
Adoro sus palabras distorsionadas, aproximadas, extraviadas.
La coquetería de las señoras mayores me emociona.
No deja de sorprenderme la perspicacia de los viejos. La capacidad que tienen a veces de meter el dedo donde más duele.
La tristeza le marchita el rostro de golpe.
Ahuyenta la decepción como quien espanta una mosca.
Sin el lenguaje, ¿qué nos queda?
Soy logopeda. Trabajo con las palabras y con el silencio. Con lo que no se dice. Trabajo con la vergüenza, con los secretos, con los remordimientos. Trabajo con la ausencia, con los recuerdos que ya no están y con los que resurgen tras un nombre, una imagen, un perfume. Trabajo con el dolor de ayer y con el de hoy. Con las confidencias.
Los viejos son como los niños: no se les puede ocultar nada.
Es imposible imaginarse la vergüenza. Y la tristeza.
Envejecer es aprender a perder. Asumir, todas o casi todas las semanas, un nuevo déficit, una nueva degradación, un nuevo deterioro. Y ya no hay nada en la columna de las ganancias.
A veces conviene aceptar el vacío que deja la pérdida.
Todo parece haberse ralentizado: los latidos de su corazón, la velocidad de sus gestos, el parpadeo de sus ojos. La habitación es puro silencio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario