En tus manos tendidas, el sol.
Ayer soplaba un viento conocido. Un viento que ya me había encontrado.
Quedarme allí acostado hasta que sintiera aproximarse esa cosa que no es ni voz, ni gusto, ni olor, tan sólo un recuerdo muy vago, venido de más allá de los límites de la memoria.
Mis manos colgantes tocaron con espanto los pelos sedosos y suaves del tigre.
No podemos escribir nuestra propia muerte.
Puedo escribir lo que me dé la gana, aunque sea imposible, aunque no sea verdad.
En cuanto se escribe, los pensamientos se transforman, se deforman, y todo se vuelve falso. A causa de las palabras.
Hubo una época en la que cambié tanto que ahora estoy cansado.
Me miré hasta que mi imagen se volvió borrosa e irreconocible.
Mis libros estaban tendidos sin vida sobre la mesa y los estantes.
La lluvia me pegaba el pelo a la frente, me entraba por el cuello, se me metía en los ojos. El viento me secaba el pelo, me acariciaba el rostro. Los monstruos escondidos en las nubes me hablaban de países desconocidos.
En los ángulos de sus miembros rotos los reproches se mueven como versos.
Los árboles bailan, las nubes corren.
El aire era transparente.
La lluvia era fría.
El tiempo se desgarra. ¿Dónde encontrar los descampados de la infancia? ¿Los soles elípticos paralizados en el espacio negro? ¿Dónde encontrar el camino volcado hacia el vacío? Las estaciones han perdido su significado. Mañana, ayer, ¿qué significan esas palabras? Sólo existe el presente. En un momento dado, nieva. En otro, llueve. Luego hace sol, viento. Todo eso es ahora. No ha sido, no será. Es. Siempre. Todo a la vez. Ya que las cosas viven en mí y no en el tiempo. Y en mí, todo es presente.
Todas las noches embarcan entre las olas algunos días olvidados. Van hacia el horizonte como si navegasen por el mar.
Algo se romperá en mi interior o en algún lugar en el espacio.
Sólo existe la cosecha en la tierra, la espera insoportable y el silencio indecible.
La impotencia es el sentimiento más terrible que existe.
Tengo la impresión de que el cielo se prepara para la lluvia. Tal vez haya llovido mientras yo lloraba. Sin duda. Encima de mis palmas, el aire ha ido tomando color y, junto a las nubes negras, el azul es transparente. El sol sigue ahí, a la izquierda, a punto de caer. Las farolas hunden sus raíces al borde de la carretera. En la noche desequilibrada, un pájaro magullado alza un vuelo oblicuo, pero, desesperado, vuelve a caer a mis pies.
Tristeza de los gestos, de los saltos de agua color ceniza, tristeza del alba caminando por campos fangosos.
Su barco navegaba sobre las olas de la música, las cuerdas flotaban al viento.
En sus arterias bailoteaban arañas negras.
En el valle resonaba aún el sol.
Sencillas casas grises pacían la hierba del prado.
Los otros no vieron las muletas del sol impotente.
Un cuadro se llenó de los colores del cielo. En los ojos se iluminaron las estrellas del porvenir.