domingo, 1 de febrero de 2026

Fernando Aramburu: LOS VENCEJOS

Todo ha sido un arrastrarse por los suelos de la vida. Hubo épocas en que me identificaba con las babosas. No lo digo por lo feo y viscoso, sino por la manera como estos bichos se desplazan y por la existencia que llevan, dominada por la lentitud y la monotonía. 

La vida me parece un invento perverso, mal concebido y mal ejecutado. A mí me gustaría que Dios existiera para pedirle cuentas. Para decirle a la cara lo que es: un chapucero. Dios debe ser un viejo verde que se dedica desde las alturas cósmicas a contemplar cómo las especies se aparean y rivalizan y se devoran las unas a las otras. La única disculpa de Dios es que no existe. Y aun así yo le niego la absolución. 

No pienso delegar en la Naturaleza la decisión sobre la hora en que habré de devolverle los átomos prestados. 

Hay cosas que uno no comprende porque tampoco las percibe, aunque estén ahí delante. 

He salido de casa con la sensación de atravesar una gruesa pared de gelatina. 

Una cigarra rascaba su concierto frenético en el tronco de un pino.  

Aquella anciana no era mi madre; a lo sumo, el envoltorio de una antigua madre, la crisálida seca y vacía de una mariposa humana que echó a volar hace ya un tiempo y estaba muy cerca de cumplir su ciclo vital. 

Era un olor como a papel caliente y viejo, y a habitación cerrada. 

Pasaron los años, gotera incesante de tiempo malgastado. 

La felicidad genuina consiste en la conciencia de la superación del infortunio. Sin una dosis de sufrimiento no se produce la felicidad en cualquiera de sus múltiples variantes. Ser feliz no es estar quieto siendo feliz. No hay un absoluto de la felicidad. No hay felicidad en sí. La felicidad es aquí y ahora. Estaba y ya no está, y por tanto uno ha de suscitarla de nuevo si la desea disfrutar. 

El grado sumo de la felicidad no son, a mi juicio, el hecho venturoso, el instante del orgasmo, el deseo cumplido ni el orgullo satisfecho, aunque algo de felicidad reside en todo ello. A mi modo de ver, la felicidad se asemeja al resultado, con consecuencias físicas y mentales altamente gozosas, de introducirse una piedra en el zapato, caminar un kilómetro soportando el dolor y, ¡momento crucial!, descalzarse. 

Prefiero la amistad al amor. El amor, maravilloso al principio, da mucho trabajo. Al cabo de un tiempo no puedo con él y termina resultándome fatigoso. De la amistad, en cambio, nunca me harto. La amistad me transmite calma. 

El amor exige numerosas precauciones. En el amor yo he ido siempre como arrastrado y con la lengua fuera, pendiente de mantener la intensidad de los afectos, obsesionado por no defraudar las expectativas de la persona amada, temeroso de que al final todo el esfuerzo y la ilusión fueran para nada. 

En esto consiste la madurez, en resignarse a hacer un día y otro y otro, hasta la jubilación e incluso más allá, lo que a uno no le apetece. Por conveniencia, por necesidad, por diplomacia, pero sobre todo por cobardía que se va convirtiendo en hábito. Si te descuidas, acabas votando al partido aquel que tanto aborreciste. 

Su parla de extrema derecha me entretenía como me pueden entretener las muecas de un chimpancé. 

Las prédicas polvorientas del viejo me producían un cansancio espeso, fuertemente adormecedor. 

La prostitución salva matrimonios. 

Me moriré sin haber cometido un asesinato. Ignoro si dicha experiencia es sustituible por la de matarse a sí mismo. 

Me sentía a salvo, pero apenas de forma pasajera, como cuando ha terminado una tormenta y ya vemos que asoma la siguiente en el horizonte. 

Siempre queda una zona inaccesible, un cuarto oscuro en nuestro interior donde se encierra la verdad inconfesable de cada cual. 

La soledad, ya se sabe, es consentidora, si bien a la larga quita más de lo que da. 

Clava en mí unos ojos expectantes, tan estúpidos que parecen humanos. 

Terminar vitoreando algún tipo de tiranía es lo habitual cuando las multitudes renuncian al cultivo de la mente crítica y delegan en una instancia superior la toma de decisiones. 

Las lágrimas obran un efecto embellecedor en el rostro de las mujeres. Exagero: de algunas mujeres. No afirmo que me guste ver llorar a nadie, sino que algunas personas tienen la facultad de verter lágrimas con estilo. 

Las frases brotaban de su boca como un chorro punteado de gallos, con una entonación de vendedora callejera que no puede evitar los quiebros destemplados al anunciar su mercancía. 

Duele mucho tener que admitir los méritos de una persona aborrecida. 

El miedo es el fundamento lógico de la mujer. La mujer es como es, piensa como piensa, se comporta como se comporta, porque tiene miedo. Miedo instintivo, genético, sobre todo el varón, al que ve principalmente como agresor y al que a toda costa desea domar y, si es posible, castrar. 

En el fondo nos impulsa el egoísmo de prolongarnos en nuestra descendencia. Seríamos capaces de vaciar a nuestros hijos de su personalidad para rellenarlos, como a animales disecados, con el serrín de la nuestra. 

Los abuelos son así. Permiten a los nietos lo que prohibían a los hijos y de este modo los cabrones se hacen querer. 

No he profesado nunca con intensidad una fe, ni política ni religiosa. Barrunto que en el fondo son lo mismo. 

No aspiro a la eternidad. No entiendo que los seres humanos, tras tantos siglos de horrores, sigan creyendo en la posibilidad de un paraíso social en la Tierra. 

No soy católico, no soy marxista, no soy nada, sólo un cuerpo con los días contados como todo el mundo. Creo en unas pocas cosas que me dan gusto y que son cotidianas y visibles. Creo en cosas como el agua y la luz. Creo en la amistad de mi único amigo y en los vencejos que, pese al aire contaminado y el ruido, vuelven todos los años a la ciudad, aunque sospecho que cada vez hay menos. Son cosas, como el chocolate negro, que también me gusta, carentes de significación política o religiosa; en cualquier caso, no destinadas a hacer daño a los demás. Creo asimismo en la eficacia de la cirugía, en cierta clase de música, en la bondad de unas cuantas personas y en los niños. 

Atrincherada detrás de una calma sin fisuras, capeaba el trance con fría naturalidad, aunque le corriese lava por las venas. 

Una algarabía de chirridos me punzó en los tímpanos como una rociada de agujas sonoras y frenéticas. 

En los sueños no hay oficinas de información. Uno no puede preguntar. 

La educación en España es como un balón de rugby. Quien lo agarra corre a llevárselo a su área de intereses perseguido por sus adversarios. 

Los celos eran el perro con el que papá mantenía el rebaño familiar bajo control. 

La lluvia caía con tanta fuerza que dejaba un rastro flotante de neblina a ras del suelo. 

El taladrante, odioso, tiránico despertador me sacó del sucedánea de útero materno llamado comúnmente cama. 

El lesbianismo es una técnica de masaje con posibilidad adicional de convivencia. 

Por mis venas corría un torrente de hierro fundido. 

No es verdad que el odio empequeñezca al odiador, lo hunda morlamente o lo prive del bienestar y del sueño. Hay que distinguir entre unos odios y otros. Los hay, sin duda, que carcomen las entrañas; pero también los hay que, gobernados con discreción y sagacidad, resultan gozosos. 

Hay gente en España que odia a España. A mí un odio (o un amor) de estas características me quedaría ancho, se me caería por todos los costados hasta cubrirme como la funda de una campana enorme. 

Uno no odia a quien considera inferior, por no conceptuarlo un peligro para la propia integridad. 

Te he odiado con afecto, te he amado con odio y me has sido, en suma, indiferente; todo a la vez, como chispas salidas súbitamente de un cañón, unas para aquí, otras para allá, revueltas en completo desorden emocional. 

Una relación sentimental, por muy armónica y hermosa que sea, puede venirse abajo de un momento a otro, a menudo como consecuencia de un deterioro paulatino, quizá no del todo perceptible hasta que llega el suceso, la escena o la frase fatal que desencadena el derrumbe. 

Era una de esas sonrisas que a un tiempo parece componer una mueca de alegría y de dolor, como cuando uno aspira aire con los dientes apretados al sentir los efectos de una escocedura. 

La inferioridad física induce a la mujer a defenderse amarrando al varón con abundancia de leyes. 

La curiosidad se había extendido por todo mi cuerpo en la forma de un picor que pedía alivio urgente. 

La suciedad es el último acto de orgullo del hombre derrotado. Una especie de desquite. ¿No me queréis? ¿No me aceptáis? Pues soportad mi mugre, mi barba de cuatro días, mis olores nauseabundos. A las mujeres su instinto las lleva a actuar por lo común de forma inversa. 

Un hombre no es nada sin los demás. Un hombre existe en función de la totalidad social en la que está inserto y es, por tanto, esta totalidad la que le confiere su verdadero significado y su razón de ser. 

Un comunista es el que pretende que la sociedad se organice como una familia en la que es obligatorio quererse. 

Mucho ojo con darle al yo demasiado de comer. 

A menudo no hace falta una razón para que dos varones se enzarcen, sobre todo si van mamados. Basta una mirada, un gesto, un súbito indicio de aversión, para que se apoderen de ellos los impulsos agresivos. 

Follar es música; así que, por favor, silencio. 

La mancha roja de los labios, vista a veinte metros de distancia, me hizo el efecto de una flor sostenida por el tallo entre los dientes. 

Es un empeño vano tratar de vivir en el pensamiento y los recuerdos ajenos. Los que no hemos hecho cosa de mérito en la vida, nos disiparemos conforme se vayan apagando las pocas mentes capaces de evocarnos. Después de muertos seremos un nombre en una lápida que un día tal vez no lejano no significará nada para nadie, que también desaparecerá para dejar sitio en el cementerio a otros difuntos. Bien es verdad que la Historia preserva algunos nombres que acaso nos den la ilusión de que algo humano puede perdurar. Bobadas. Pongo en duda que nadie conserve una pizca de vida auténtica por el simple hecho de ser estudiado, dar nombre a una calle o merecer una estatua en el parque. 

No hay mayor fatuidad que creerse inmortal en la memoria frágil de los hombres.

Gloria al olvido, que siempre triunfa. 

El tiempo se aplicó a lo que mejor sabe hacer, a la tarea minuciosa de avejentarnos. 

He querido comprobar si su mermada memoria todavía conservaba algún recuerdo. Ha sido como tirar una piedrita a un pozo profundo y mantener, mientras duraba la caída, la esperanza de que el sonido del impacto confirmase la existencia de agua en el fondo. 

La vida ha empezado a gustarme desde que sé que tengo en la mano la palanca para ponerle fin. Sólo por dicha razón se acabaron para mí los momentos insustanciales. Cualquier acto que lleve a cabo en la actualidad tiene un aire estimulante de despedida. De pronto, todo cobra sentido, puesto que todo sucede con respecto a un punto exacto de referencia. Ahora es cuando juzgo de veras que la vida merece ser vivida. La certeza del suicidio me la hace apetecible, tal vez porque, después de probar el sabor dulce de la aceptación y la serenidad, me siento liberado de eso que llaman el sentimiento trágico de la existencia. Ya nada me ata. No me atan las ideas ni las cosas. 

El mundo sería, no sé si más bello, pero seguramente más pacífico, si todos los hombres conocieran desde la niñez la hora precisa de su última toma de oxígeno. 

No hay mayor fraude ético que la negación de la muerte. 

La ilusión de la inmortalidad está en la base de las peores tragedias colectivas. 

Todo se acaba como se acaba el día y ya está, para qué darle más vueltas. 

Dios es la razón principal de que el hombre no haya alcanzado la madurez. 

El hombre, mal que le pese, es un producto químico que está solo. Yo estoy solo y hay estrellas, nebulosas y planetas. Nada de ello me impedirá conducirme como una criatura moral hasta el final cercano de mis días, aunque sólo sea por un simple gesto de elegancia. O por respeto a la superficie poética del mundo. O por orgullo de quien, hecha la suma de sus acciones, no espera castigo ni ambiciona recompensa.

La Naturaleza, por fatiga o por desgana, a veces no se esfuerza lo suficiente y confecciona individuos de baja calidad juntando las piezas defectuosas que le han sobrado de hacer otros. 

Miraba como a través de un velo de lástima. 

La muerte del padre golpea por fuera; parece como que de pronto uno tiene que asumir responsabilidades, tomar decisiones que antes no le competían; ocupar, en suma, el sitio del difunto. Una madre es insustituible. La muerte de la madre duele más adentro y te deja como desamparado, desnudo y recién nacido. 

Llorar es un recurso eficaz para expulsar del cuerpo penas, dolor, angustia y demás toxinas. 

La muerte y sus efectos benéficos. La muerte como desencadenante de ataques repentinos de bondad. 

Su expresión risueña se propagó como agua impactada por una piedrecilla rostro arriba, hermoseándolo en grado sumo. 

Cada palabra impacta en mi cerebro como una bola de granizo. 

La idea de un yo perpetuo desociable del envoltorio corporal está bien para hacer literatura. Meted la cabecita dentro del agua durante un minuto, dos, lo que aguantéis, y ya veréis el color que toman de repente vuestras ilusiones, proyectos, utopías...

No hay cosa experimentada ni nombrada por los hombres que no haya sido concebida por los hombres. Todo es cultura y química neuronal, y todo acabará: los países, los idiomas, las doctrinas, los propios hombres y las obras de los hombres. 

El ser humano es un farsante por naturaleza. 

Muchos españoles tragan caca porque les han dicho que es caca progresista. 

Cuando uno entra en la edad adulta sabe a qué situaciones incómodas conduce la práctica sin freno de la sinceridad. 

El suicidio es un pensamiento que ayuda a vivir. 

¿Para qué vive uno en una ciudad populosa sino para restregarse de vez en cuando con otros cuerpos y hacerse así la ilusión de vencer la soledad?

La vida es así: te lleva, te trae y a menudo te arrima a personas por las que no sientes atracción o curiosidad alguna y de las cuales resulta difícil deshacerse. 

lunes, 22 de diciembre de 2025

Antonio Maestre: INFAMES

La memoria colectiva se hace poniendo en valor los referentes, pero también señalando a los antihéroes, a los responsables de le que la regresión, el mal, la pobreza, la injusticia y la crueldad hayan sido pilares de la construcción de la identidad nacional. 

La solidaridad es la ternura de los pueblos. Enarbolar una de las proclamas más hondas del pensamiento progresista sin mostrarla ante víctimas de cualquier signo es incompatible con la humanidad que se le presupone a los valores de progreso y justicia social.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Amélie Nothomb: ESTUPOR Y TEMBLORES

Lejos, muy lejos, se veía una ciudad tan lejos que dudaba haberla pisado jamás. 

Una chica alta y grande como un arco. 

Una voz cortante como un sable. 

La noción de tiempo desapareció de mi existencia para dejar su sitio a la eternidad del suplicio. 

Trombas de números con comas y decimales se abalanzaban incesantemente sobre mí. Se mutaban en mi cerebro formando un magma opaco y no podía diferenciarlos unos de otros. 

La tranquila y pitagoriana belleza de las cifras. 

Qué hermosa es la gloria. Es una trompeta tocada por ángeles en mi honor. 

Es una gran cosa saber cuándo se va a morir. Uno puede organizarse y convertir su último día en una obra de arte. 

Si existe el analfabetismo, también debería existir el anaritmetismo. 

No sabemos lo que es un excéntrico hasta que conocemos a un excéntrico japonés. 

Japón es un país que sabe lo que significa "volverse loco". 

Todas las bellezas emocionan, pero la belleza japonesa resulta todavía más desgarradora. En primer lugar porque esa tez de lis, esos ojos suaves, esa nariz de aletas inimitables, esos labios de contornos tan dibujados, esa complicada dulzura de los rasgos ya bastan para eclipsar los rostros más logrados. En segundo lugar, porque sus modales las estilizan y las convierten en una obra de arte que va más allá de lo racional. Y, por último —y sobre todo—, porque una belleza que ha sobrevivido a tantos corsés físicos y mentales, a tantas coacciones, abusos, absurdas prohibiciones, dogmas, asfixia, desolación, sadismo, conspiración de silencio y humillaciones, una belleza así constituye un milagro de heroísmo. 

Nada que dure menos de diez mil años tiene valor alguno. 

En Japón el suicidio constituye un acto de gran honor. 

Hemos observado que los humanos en general y las mujeres en particular tienen dificultades para vivir durante mucho tiempo sin cometer alguno de esos pecados relacionados con los placeres carnales. 

Vale más evitar el placer porque hace sudar. Y no existe nada más vergonzoso que el sudor. Si comes a grandes bocados tu tazón se pasta hirviendo, si te entregas al frenesí del sexo, si pasas el invierno dormitando junto a la estufa, sudarás. Y ya nadie podrá dudar de tu vulgaridad. 

Entre el suicidio y la transpiración, no lo dudes. Derramar tu sangre es tan admirable como innombrable resulta derramar tu sudor.

Para un japonés, nunca se trabaja demasiado. 

Eres un arco demasiado grande para tan lamentables arqueros. 

Era un obeso colérico, y eso recargaba su voz con desechos de grasiento furor. 

La mayoría de las veces, el honor consiste en ser idiota. ¿Y acaso no vale más comportarse como un imbécil que deshonrarse?

A menudo, las actitudes más incomprensibles de una vida tienen su origen en un deslumbramiento de juventud. 

Toda existencia conoce su día de traumatismo primario, que divide esta vida en un antes y un después y cuyo recuerdo, incluso furtivo, basta para paralizarte de un terror irracional, animal e incurable. 

Estallé en un llanto analfabeto. 

Cuando uno desempeña un trabajo tan poco lucido, el único modo de preservar su honor consiste en callarse. Si una limpiadora de retretes se dedica a hablar por los codos, uno tiende a pensar que se siente cómoda con su trabajo, que ése es el lugar que le corresponde ya que la satisface hasta el extremo de inspirarle el deseo de emular a las cotorras. Si permanece en silencio, en cambio, significa que vive su trabajo como una mortificación monacal. 

Su silencio es la expresión de su consternación. 

Los lavabos se levantan, orgullosamente, hacia el cielo, encaramados a cañerías en erección. 

Es típico de seres que ejercen oficios lamentables construirse lo que Nietzsche denominaba "otro mundo", un paraíso terrenal o celeste en el que se empeñan en creer para consolarse de lo infecto de su condición. Cuanto más vil es su trabajo, más hermoso es su edén mental. 

En Japón la existencia es la empresa. 

Desde tiempos inmemoriales, los humildes han dedicado sus vidas a realidades que los superan: en otros tiempos, podían por lo menos entrever alguna causa mística en semejante estropicio. Ahora, ya no pueden ilusionarse. Entregan su existencia a cambio de nada. 

Japón es el país con la mayor tasa de suicidios. Personalmente, lo que me sorprende es que no sea todavía más frecuente. 

El sueño que te aspira como el desagüe de un lavabo que se vacía. 

Su rostro de japonesa bien educada permaneció inmóvil e inexpresivo, y tuve que observarlo con un sismógrafo para detectar la ligera crispación de sus mandíbulas provocada por mi respuesta.

Lo dijo de ese modo nipón y fantástico que consiste en confirmar la existencia de una persona pronunciando su nombre en el aire. 

No hables demasiado mal de ti mismo: podrían creerte. 

Mientras existieran ventanas, el más débil de los humanos tendría su parte de libertad. 

martes, 16 de diciembre de 2025

Elaine Vilar Madruga: LA TIRANÍA DE LAS MOSCAS

Se hallaba en un limbo, en un lugar intermedio entre la mandíbula de la muerte y la posibilidad remota de la libertad. 

Todo exceso es negativo. 

Hay que ser muy hembra para admitir que los sueños de la maternidad son una utopía. 

Amar a los hijos no es una condición biológica, sino un proceso de aprendizaje que puede verse frustrado ante cualquier circunstancia. 

Las órdenes existen porque hombres como él viven para cumplirlas. 

El poder no se cede. Se gana o se pierde. 

Perder es un sinónimo de desgracia en el lenguaje de la política. 

No todos los días nace un hombre dispuesto a sacrificarse por su tiempo. 

Maldita chiquilla. Maldita juventud. Al parecer, ser joven era sinónimo de estupidez. 

Todos susurran por los rincones y hay un malestar que se respira en el aire, que penetra con su olor a cosa viva en cada diminuto alvéolo de los pulmones. 

Para hablar de amor es preciso haberlo visto desde una tercera persona imparcial, omnisciente, omnisapiente, omnipensante o quizás omnignorante. 

Un amor en secreto es una mezcla agridulce de frustración y de hormonas. 

La felicidad es una forma difusa que aún hoy asocio con el hecho de contemplar a lo que se quiere y ser a la vez contemplada.

Las máscaras son un arma. Y todo hombre inteligente debe tener al menos una. 

Tener consciencia de la rareza individual es un paso hacia la tolerancia familiar. 

Toda gestante, no importa de la especia que sea, se convierte a la larga en un bulto redondo. 

Las preguntas se quedaron en el aire, colgaron como zanahorias. 

Incluso lo que más raro parece, tiene una explicación natural y dialéctica, obediente a las leyes de la naturaleza. 

El mundo exterior se había convertido en una ostra. 

Las personas con espejuelos son las más comunes del mundo. 

No hay nada peor que el sonido de un orgasmo ajeno cuando no se tienen orgasmos propios. 

El silencio de los solitarios y de los culpables, el silencio del hijo que sabe que probar fuerza con su madre es un error duro, de los de peor clase. 

El odio contra la madre, un odio troyano, un odio griego, tan antiguo como clásico. 

No hay nada más asqueroso que un padre que quiere demasiado a sus hijos. 

Mientras más alto se asciende, más rápido se desploma uno. 

Se cree la reserva de toda sabiduría, pero de esa sabiduría reseca, sin humedad, que no sirve para nada excepto como alimento para las polillas. 

Ciegos hay dondequiera que alguien no quiera ver. 

La juventud es un asco. 

La ironía no es una herramienta adecuada para el diálogo. 

La ironía es el condimento fundamental de cualquier conversación entre dos seres pensantes. 

Su tono de gato sarnoso, de gato sin hogar, lleno de mataduras y arañazos. 

Qué aburrido brilla el sol. 

El miedo es la forma más refinada de la soledad. 

El miedo a los ojos ajenos es la forma más depurada de la soledad. 

En la naturaleza, todo es reciclaje. 

El desconocimiento también es poder. 

Cuando se escoge el nombre de un hijo se da también una muestra de carácter. 

Somos lo que nombramos. 

El pelo de cualquier criatura no deja de crecer, el proceso ni siquiera se detiene con la muerte, el pelo es lo único vivo que nos acompaña, lo único que prueba la perdurabilidad del concepto vida sobre el concepto de desaparición, no somos tan finitos como han pretendido hacernos creer, otras cosas también florecen en silencio. Es decir, en la categoría de los infrasonidos, las larvas de las moscas crecen en todos lados, por ejemplo, y las propias moscas emiten estallidos cuando cagan sobre las cortinas que protegen las ventanas de los ojos inquietos de los transeúntes. 

Hay protocolos que pierden sentido cuando no suceden en un espacio determinado. 

Son curiosas las moscas. Huelen el conflicto desde la distancia. 

Su cabeza se mueve de un lado a otro como si fuera un inmenso títere de felpa. 

No hay nada en este mundo que la lógica no pueda explicar. 

No hay nada en este mundo que la palabra trauma no pueda cubrir. 

El poder asume fuerzas atípicas, formas que se asemejan a la belleza. 

Los años son inexorables y estamos aquí, en esta tierra, solo para atestiguar cómo el tiempo destruye lo que toca, ya sea una familia, una ilusión o los peldaños del poder. 

Los años corroen y muerden, y no ha de culpárseles porque ese ha sido siempre su propósito, desde que el tiempo se hizo tiempo. 

Un soldado puede permitirse ser débil cuando nadie lo mira. 

No le gustaba vivir aferrado a las migajas de sal de la esperanza. 

Cuando se viven tantos años de carrera militar se aprende a la fuerza la necesidad de ser práctico. 

Belleza y poder eran el perfecto equilibrio en la balanza de la vida. 

Las alianzas no son simples en ninguna historia. 

No hay nada mejor que una pasión a la que se pone frenos, porque es entonces que la pasión se desborda y lo revoluciona todo. 

La gente tiene mala sangre en tiempos de desgracia y disfrutan las caídas ajenas. 

Las leyendas y los mitos que nos cuentan en la infancia son siempre escabrosos. Los adultas se esfuerzan en condimentar las moralejas con agudos pespuntes de terror. Son esas historias las que se quedan grabadas en el genoma de nuestras mentes y que luego no nos dejan dormir. Es irónico que los adultos se pregunten por qué los niños lloran, por qué el insomnio, qué idiotas los padres, es tan claro que sólo un ciego se negaría a ver el coco debajo de la cama, al diablo escondido dentro de los zapatos, o a las mariposas que adquieren vida y escapan de la cárcel del dibujo. 

No hay forma de que un hijo pueda escapar de sus padres ni de los terrores de sus padres. 

Un hombre con bigotes será siempre un hombre de confianza. Y, más que eso, uno con poder. Sería redundante añadir lo siguiente: un hombre con bigotes es capaz de llevar las riendas que controlan la estabilidad de una familia o de un país. 

El ejercicio del amor siempre va acompañado del miedo. Amamos a lo que tememos, y viceversa. 

Alguien que mueve la boca sin que se puedan leer sus palabras es un vencedor y no un vencido. 

Matar no es siempre cómodo. 

La curiosidad es un mérito, aunque hay quien piensa que es también un defecto. 

Los lamentos de un miembro de nuestra propia especie disparan instintos de huida o enfrentamiento. 

Los traumas en la juventud y en la infancia nacen de la falta de sueño. 

Su voz iba cubriéndose de finas capas de frustración, capas brillosas como las del hielo a punto del quiebre. 

En la oscuridad, todos los sonidos se convierten en una manifestación de la náusea o del miedo. 

Ese es el olor de la vejez: el vacío. 

Toda historia necesita de una heroína. 

Ahora podía encoger los hombros y la cintura por el dolor del lumbago, y sentirse viejo, y usar zapatos deportivos o chancletas si quería, ahora existía el mundo de la infinita posibilidad. 

Ya se sabe cómo es la imaginación de la gente, fértil y cabalgante. 

El idioma de los aullidos es una lengua muerta que por desgracia aún todos entendemos. 

Las moscas son animales inteligentes que tienen su propio gobierno sobre las cosas vivas o las muertas, no hay lugar en este mundo que las moscas no controlen, ni piel, ni superficie, ni naturaleza. 

La curiosidad no es ni relativamente buena ni relativamente mala. La curiosidad es infame.

Los susurros de papá eran los de un lagarto. 

Para usar zapatos de tacón se debe ser santa o revolucionaria, no existe un camino intermedio. Hay que tener ovarios para soportar los dedos machucados, los pies convertidos en trizas, y para no permitir que el dolor se te meta en el cerebro como una mosca gorda y plante sus huevos ahí. 

Todo lo que sucedía en el mundo tenía un propósito, pero mamá ya no podía comprender, se había vuelto anciana de repente. 

Sólo sentía vacío, hambre y vacío, la soledad del fracaso que nota el último corredor en una pista cuando todos los otros han llegado a la meta. 

Quién dice que en la muerte no hay movimiento. 

Cuando odias a tus padres, es muy fácil encontrarles manchas. 

Existen ironías, y no todas son trágicas, ni siquiera dramáticas, sino risibles, o mejor dicho, tragicómicas. 

Se cuenta rápido, pero el tiempo es un hijo de puta. 

El miedo es un hijo de puta. Un gran hijo de puta. 

El caos es lo contrario a la creación ordenada.  

Siempre que hay reacción, hay acción. 

En toda obra humana existen fallos. 

Ser un buen algo, un buen cualquier cosa, por ejemplo, ser un buen hombre, es algo difícil.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Sara Mesa: OPOSICIÓN

Que haya muchas cosas inventadas no significa que este relato no esté absolutamente cargado de verdad. 

Era una mañana fría de invierno, apenas había amanecido, la luz me hizo pensar en la textura porosa de la cera. 

Parecía joven, aunque algo muy viejo se escondía tras su voz. 

Sus ojos carecían de brillo. 

Resoplaba por el esfuerzo, con la cara tan roja como un filete crudo. 

Me miré en el espejo. Mi cara pálida y hambrienta, interrogante. Como si me hubieran recortado de otro sitio y pegado ahí, sin más formalidades. 

Las conversaciones sobrevolaban el espacio formando un gran tumulto. Era complicado destrenzarlas y sacar algo en claro, como cuando un collar se enreda y hay que dedicar mucha paciencia para desenredarlo.

Lo que pude ver dentro fueron las cuatro cosas típicas de un despacho, la mesa, el sillón, el perchero, un armario, todo muy limpio y ordenado, pero también fantasmal, como si los objetos, deformados por los gránulos del cristal, soportaran una lluvia que solo caía ahí dentro, en ese rectángulo. 

Eran papeles antiguos y olían a perro mojado. 

Nuestro diálogo fue lento, como si se nos estuvieran gastando las pilas. Las palabras no eran precisas. Más bien eran aproximativas, rondaban en torno a algo sin nombrarlo. 

Su voz sonaba ronca, lejanísima. 

Él levantó una mano en señal de despedida. La movió como un pañuelo que no pesara nada. 

Aquel señor mayor con cuerpo de pera. 

Tenía la piel verdosa, como si le hubiesen envenenado. 

Las lluvias daban paso a un sol arrogante que picaba. 

Murmuró con su voz arenosa. 

Su expresión era rara, todo en él era raro, como si estuviera ligeramente desplazado del lugar que ocupaba. 

Siempre había creído que las cosas se hacían una detrás de otra hasta acabar, y ahí no encontraba esa continuidad. 

A pesar de su edad, tenía un aire infantil, como de niño perdido en mitad de un supermercado. 

Lo único visible es la ausencia. 

Nos habíamos detenido bajo la sombra de un magnolio. Las hojas sombrearon nuestras caras, nuestras ropas. Un estampado móvil, preveraniego. 

Realizar era mejor que hacer y recepcionar mejor que recibir. Los problemas eran problemáticas; las personas, sujetos. Indicar era mejor que poner, cumplimentar mejor que rellenar. Los informes se emitían, de las reuniones emanaban decisiones. Los informes comenzaban siempre con un relato de los antecedentes, que se repetían al comienzo de cada apartado; cuanto más se repetían —o todavía mejor, se reiteraban—, más largo era el informe y, por tanto, más riguroso. Con el fin de no reiterar palabras sin ton ni son, se usaban las expresiones el mismo y la misma. Implementar era mejor que poner en marcha y los cambios se denominaban —no llamaban— transformaciones. Si algo tardaba en llegar era porque había sufrido una demora; incrementar y reducir se prefería a aumentar o disminuir y preferible era mejor que mejor. Los dineros eran las partidas. Si las partidas no se habían incrementado, se hablaba de crecimiento cero; si se reducían también crecían, pero era un crecimiento negativo. Dar privilegios era priorizar. A la capacidad de aguante se la llamaba resiliencia. Los informes estaban motivados y sustentados. Los problemas nunca se estancaban, se debatían eternamente en paneles formativos con la participación de agentes implicados. Si la cosa iba en serio, se montaba un observatorio que publicaba boletines. Complejizar sonaba aceptable, mucho mejor que dificultar, que sonaba fatal. Los sufijos valían para dar lustre y por eso se inventaban términos como asistenciación o exclusionamiento. Las palabras esdrújulas eran muy apreciadas, todos los diagnósticos, estándares y parámetros eran bienvenidos, y las mayúsculas dignificaban conceptos problemáticos como Zonas de Transformación Social o Itinerarios de Inserción. 

Sus ojos irradiaban placer y excitación, descubrí en ellos unas vetas color miel que nunca le había visto, un matiz manso y entregado, como si yo ya formara parte de su mundo más íntimo. 

Lagartijas que se ocultaban como relámpagos a mi paso. 

Nubes pesadas, fanfarronas, que amagaban con estallar pero no estallaban. 

De la anomalía y el atajo nunca puede salir nada bueno. 

Un chorro de luz me golpeó la cara inesperadamente, como si saliera de un túnel después de haber pasado meses y meses excavando bajo tierra. 

El sol encharcaba las losas de cemento, refulgía marcando la humedad en las junturas. 

Mi malestar era como un saco de arena en el fondo del estómago, denso y mediocre.

El cielo se tiñó de un tormentoso color mandarina. 

Las primeras señales nunca se ven, solo se perciben como anomalías. 

Me observaba como a través de un cristal, con las pupilas dilatadas y opacas. 

Sus ojos eran negros como la tinta, grandes pero incompletos, parecía que se le hubieran caído las pestañas.

Estaba clavado en el suelo con la vista baja y todavía unos restos de sonrisa coleando, como si alguien le obligara a estar ahí, a hacer o decir algo que de pronto había olvidado. 

La vida creativa es la única vida posible. 

Una parte de mí se había desgajado irremediablemente de mis actos. Si existía un centro desde el que mirar, yo ya lo había perdido por completo. Hiciera lo que hiciera, un cachito de mí siempre quedaba al margen, abucheando, sugiriéndome insidiosas alternativas, todas contradictorias. 

Cuando deformaba las palabras no era para construir algo nuevo, sino para eludir su significado y desnaturalizarlas. Como un modo de verlas desde fuera sin implicarme, de no apropiármelas. Como crear una forma verbal nueva: la cuarta persona del singular. Ni yo ni tú ni ella, sino alguien más allá que pudiera observarlo todo en la distancia sin tener por qué formar parte de lo dicho. 

Su cabeza estaba como en equilibrio sobre el cuello. 

Tenía miedo a que la monotonía se convirtiera en costumbre y después en necesidad. 

No podía olvidar el momento de quiebra por el que las dos habíamos pasado. Como si hubiésemos bajado juntas a un lugar prohibido, hubiésemos abierto la puerta y luego, asustadas por nuestra osadía, hubiéramos vuelto otra vez a la superficie, fingiendo no haber visto nada. 

Sonreía como cuando se me quemaba la cara por el sol, con tirantez. 

El aire, de un inexplicable color verdoso, recordaba al agua de una pecera, con sus extrañas cositas flotantes. 

La misma luz intensa y preorgásmica. 

No era una sensación desagradable. Más bien un letargo en el que no me importaba acurrucarme, como cuando se tiene mucho sueño. 

Se quitó las gafas. Con los ojos desnudos tenía una expresión más joven, más ingenua, también más desvalida. 

Una verdad envuelta en mentiras nunca es una verdad. 

Expuso en tono amable pero también paternalista, como quien le promete a una niña planes que sabe de sobra que no cumplirá. 

Una madre es indulgente por naturaleza. 

Era una mujer ridícula e inocente, pomposa y buena, cálida y posesiva, de la que era muy fácil reírse y de la que, al mismo tiempo, debería ser un delito reírse. Cómo podía ser tan fácil cometer ese delito resultaba una paradoja casi cruel. 

El bigote tan tupido que daban ganas de pegarle un tirón para comprobar que no era de mentira. 

La mera idea de responderle me producía una pereza cósmica. 

Un fluorescente de techo parpadeaba, generando un chasquido que en esa situación me sonó como un aplauso. 

Un montacargas descendió por mi columna vertebral y se me encajó en la pelvis con un golpe seco. 

El aire se volvió incandescente. Una electricidad rápida y fugaz. Chispeante y gatuna. 

Su aspecto era áspero, ordinario.

Agota Kristof: CLAUS Y LUCAS

El trabajo es pesado, pero mirar sin hacer nada a alguien que trabaja es mucho más pesado aún, sobre todo si es un viejo. 

Llorar no sirve de nada. 

Da igual si es cierto o falso. Lo esencial es la calumnia. A la gente le encanta el escándalo. 

 

—Tú, cierra el pico. Las mujeres no han visto nada de la guerra. 

La mujer dice: 

—¿Qué no hemos visto nada? ¡Imbécil! Nosotras hacemos todo el trabajo, tenemos todas las preocupaciones: alimentar a los niños, cuidar a los heridos... Vosotros, una vez que acaba la guerra, sois todos unos héroes. Muertos: héroes. Supervivientes: héroes. Mutilados: héroes. Y por eso habéis inventado la guerra vosotros, los hombres. Es vuestra guerra. Vosotros la habéis querido, ¡así que hacedla, héroes de mierda!

 

Me he quedado aquí echada sin comer, sin beber, yo no sé desde hace cuánto tiempo. Y la muerte no viene. Cuando la llamas, nunca viene. Se divierte torturándonos. La llamo desde hace años y me ignora. 

Es más fácil dar que aceptar. El orgullo es un pecado. 

A las mujeres les gustan los hombres tristes. 

Los muertos no están en ninguna parte y están en todas partes. 

El verano es espantoso. En verano, la muerte está mucho más cerca. Todo se seca, se sofoca, se inmoviliza. 

Todo ser humano ha nacido para escribir un libro, solo para eso. Un libro genial o un libro mediocre, da igual, pero el que no escriba nada es un ser malogrado, que ha pasado por la tierra sin dejar ninguna huella. 

Escribir es lo más importante. 

La vida es así. Con el paso del tiempo, todo se borra. Los recuerdos se difuminan, el dolor disminuye. Yo me acuerdo de mi mujer como uno se acuerda de un pájaro, de una flor. 

Uno se embarca en cualquier cosa en cualquier momento y con quien quiere, si quiere de verdad. 

Las heridas físicas no tienen importancia cuando las recibo yo. Pero si tuviera que infligirle yo una a alguien, se convertiría en otro tipo de herida para mí, que no sé si podría soportar. 

El lugar ideal para dormir es la tumba de alguien a quien se ha amado. 

Hay vidas más tristes que el más triste de todos los libros. 

Por muy triste que sea un libro, nunca puede ser tan triste como la vida. 

El cielo se cubre de color naranja, amarillo, violeta, rojo y otros colores que no tienen nombre. 

Si uno piensa, le resulta imposible amar la vida. 

Los niños dan muchas alegrías. No me imagino la vida sin ellos. 

Ahora ya soy bastante mayor para saber la verdad. Hacerse preguntas es peor que saberlo todo. 

La vida es de una futilidad absoluta, no tiene sentido, es una aberración, un sufrimiento infinito, un invento de un No-Dios cuya maldad rebasa la comprensión. 

lunes, 8 de diciembre de 2025

Javier Cascón Coca: AMEN SIN TILDE

Cada decisión en la vida tiene un coste de oportunidad.

La verdadera libertad conlleva compromiso e implicación. 

Es necesaria la implicación en la vida para ser feliz, aunque esta traiga consigo rozaduras y choques de vez en cuando. 

Nos pasamos gran parte de nuestras vidas diciendo que esto ya lo haremos cuando tengamos tiempo o cuando tengamos estabilidad, pero hay cosas que hay que hacerlas ya. En el ahora. Tal y como estés. Sólo así se alcanza la libertad. 

Las redes sociales son la liturgia de los pueblos sin liturgia y los influencers son los que dirigen el culto. Empiezan por un culto a sí mismos y continúan recibiendo alabanzas y halagos por parte de sus feligreses que reaccionan a cada historia y publicación. 

Las personas mayores nos recuerdan el valor de la humildad, toda la energía y belleza de años de juventud se han esfumado. Lo que queda es lo esencial, el carácter y la forma de ser. Es como si se retirase la cáscara de un fruto. 

De miedo están hechas las cadenas más pesadas y consiguen que miles de personas vivan atadas al suelo cuando nacieron para volar.