Todo ha sido un arrastrarse por los suelos de la vida. Hubo épocas en que me identificaba con las babosas. No lo digo por lo feo y viscoso, sino por la manera como estos bichos se desplazan y por la existencia que llevan, dominada por la lentitud y la monotonía.
La vida me parece un invento perverso, mal concebido y mal ejecutado. A mí me gustaría que Dios existiera para pedirle cuentas. Para decirle a la cara lo que es: un chapucero. Dios debe ser un viejo verde que se dedica desde las alturas cósmicas a contemplar cómo las especies se aparean y rivalizan y se devoran las unas a las otras. La única disculpa de Dios es que no existe. Y aun así yo le niego la absolución.
No pienso delegar en la Naturaleza la decisión sobre la hora en que habré de devolverle los átomos prestados.
Hay cosas que uno no comprende porque tampoco las percibe, aunque estén ahí delante.
He salido de casa con la sensación de atravesar una gruesa pared de gelatina.
Una cigarra rascaba su concierto frenético en el tronco de un pino.
Aquella anciana no era mi madre; a lo sumo, el envoltorio de una antigua madre, la crisálida seca y vacía de una mariposa humana que echó a volar hace ya un tiempo y estaba muy cerca de cumplir su ciclo vital.
Era un olor como a papel caliente y viejo, y a habitación cerrada.
Pasaron los años, gotera incesante de tiempo malgastado.
La felicidad genuina consiste en la conciencia de la superación del infortunio. Sin una dosis de sufrimiento no se produce la felicidad en cualquiera de sus múltiples variantes. Ser feliz no es estar quieto siendo feliz. No hay un absoluto de la felicidad. No hay felicidad en sí. La felicidad es aquí y ahora. Estaba y ya no está, y por tanto uno ha de suscitarla de nuevo si la desea disfrutar.
El grado sumo de la felicidad no son, a mi juicio, el hecho venturoso, el instante del orgasmo, el deseo cumplido ni el orgullo satisfecho, aunque algo de felicidad reside en todo ello. A mi modo de ver, la felicidad se asemeja al resultado, con consecuencias físicas y mentales altamente gozosas, de introducirse una piedra en el zapato, caminar un kilómetro soportando el dolor y, ¡momento crucial!, descalzarse.
Prefiero la amistad al amor. El amor, maravilloso al principio, da mucho trabajo. Al cabo de un tiempo no puedo con él y termina resultándome fatigoso. De la amistad, en cambio, nunca me harto. La amistad me transmite calma.
El amor exige numerosas precauciones. En el amor yo he ido siempre como arrastrado y con la lengua fuera, pendiente de mantener la intensidad de los afectos, obsesionado por no defraudar las expectativas de la persona amada, temeroso de que al final todo el esfuerzo y la ilusión fueran para nada.
En esto consiste la madurez, en resignarse a hacer un día y otro y otro, hasta la jubilación e incluso más allá, lo que a uno no le apetece. Por conveniencia, por necesidad, por diplomacia, pero sobre todo por cobardía que se va convirtiendo en hábito. Si te descuidas, acabas votando al partido aquel que tanto aborreciste.
Su parla de extrema derecha me entretenía como me pueden entretener las muecas de un chimpancé.
Las prédicas polvorientas del viejo me producían un cansancio espeso, fuertemente adormecedor.
La prostitución salva matrimonios.
Me moriré sin haber cometido un asesinato. Ignoro si dicha experiencia es sustituible por la de matarse a sí mismo.
Me sentía a salvo, pero apenas de forma pasajera, como cuando ha terminado una tormenta y ya vemos que asoma la siguiente en el horizonte.
Siempre queda una zona inaccesible, un cuarto oscuro en nuestro interior donde se encierra la verdad inconfesable de cada cual.
La soledad, ya se sabe, es consentidora, si bien a la larga quita más de lo que da.
Clava en mí unos ojos expectantes, tan estúpidos que parecen humanos.
Terminar vitoreando algún tipo de tiranía es lo habitual cuando las multitudes renuncian al cultivo de la mente crítica y delegan en una instancia superior la toma de decisiones.
Las lágrimas obran un efecto embellecedor en el rostro de las mujeres. Exagero: de algunas mujeres. No afirmo que me guste ver llorar a nadie, sino que algunas personas tienen la facultad de verter lágrimas con estilo.